La perra estaba adentro.
Había empezado el frío entonces Luciana la dejó junto a la estufa, en el sillón de siempre: el de Guayra.
Manu ni la miró dormir, estaba merendando en la cama con un libro entre las piernas.
En el fondo, la pileta estaba cubierta de hojas secas y frutos de los árboles vecinos.
Se notaba tu falta: las tejas rotas sobre el pasto largo, las cañerías atascadas, la enredadera caída por completo.
Afuera se oían las hidrolavadoras de todos los domingos en Don Torcuato, donde nadie pasea por la calle y el tren llega vacío con una frecuencia de 3.45 min.
Guayra despertó de una pesadilla y comenzó a ladrar sopresivamente. Corrió veloz hasta el lavadero y pegó un salto de pura raza perra-atleta; manipulando el picaporte, salió afuera.
Por la ventana de la cocina, Luciana vió a la perra inmóvil en el medio del jardín, mirando un avión que cruzaba el cielo.
Guayra soñaba con su dueño.
Su dueño se convirtió en fantasma hace un mes y veinte días, y tiene la casilla de mensajes llena.

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