Entró empapada.
Afuera llovía torrencialmente.
Bolivar e Independencia.
Caminó derecho hasta el final del salón.
Corrió su capucha y liberó el pelo húmedo que cayó pesado en sus hombros.
Se sentó alta y sola en la barra.
-Una cerveza negra, Angelito por favor.
No buscó a ninguno de sus amigos en el local. Mientras se bebía la cerveza de un sorbo entero, miraba las botellas de licores a su alrededor. Sus colores, la confección de las etiquetas, el sabor que dejaban traslucir en secreto.
El dueño del boliche, que atendía la barra personalmente le alcanzó una cerveza más.
Él dijo: A todas las chicas les gusta mi sonrisa. Y guiñó un ojo.
Ella apartó la vista de los licores y miró la sonrisa de aquel hombre poco conocido.
Se secó el sudor o la lluvia de la frente y sonrió débilmente, quizá como una obligación y eso la hizo inundarse en el llanto.
Se pintó mal los labios, de manera torpe.
Juntó sus piernas en la silla y suspiró, agotada.
Sentía toda la noche en sus manos. Y estaba llorando su borrachera.
Quería beber de a sorbos cortos todos esos licores. Lloraba riendo, todojunto.
Un sorbo de todos esos licores juntos.
Cinco, seis, siete pintas: y la madrugada que oía a truenos.
Sentada con los pies fríos colgándole sobre la barra del bar, quería beber olvidando ese delirante envío postal, olvidar –así también- el día y todas las circunstancias con que el destino los cruzó, olvidar cómo llegó a su vida y con qué fuerza ahora la hacía estar en ese estado: ebria lluviosa pelotuda enamorada perfectamente incompleta.
Dibujó una sirena con tizas de colores en la pizarra junto a la caja, y se fue zigzagueando de aquel lugar.
Buscaba caramelos mojados en su tapado y no los encontró.
Buscaba servilletas con poemas desteñidos y los evaporó.
El resto de la noche lo tenía para pensar por cuál de todos los hombres de su vida estaba embriagándose así de amor y qué estrategia elaboraría para esas 11 letras que siguen a la C.
Afuera llovía torrencialmente.
Bolivar e Independencia.
Caminó derecho hasta el final del salón.
Corrió su capucha y liberó el pelo húmedo que cayó pesado en sus hombros.
Se sentó alta y sola en la barra.
-Una cerveza negra, Angelito por favor.
No buscó a ninguno de sus amigos en el local. Mientras se bebía la cerveza de un sorbo entero, miraba las botellas de licores a su alrededor. Sus colores, la confección de las etiquetas, el sabor que dejaban traslucir en secreto.
El dueño del boliche, que atendía la barra personalmente le alcanzó una cerveza más.
Él dijo: A todas las chicas les gusta mi sonrisa. Y guiñó un ojo.
Ella apartó la vista de los licores y miró la sonrisa de aquel hombre poco conocido.
Se secó el sudor o la lluvia de la frente y sonrió débilmente, quizá como una obligación y eso la hizo inundarse en el llanto.
Se pintó mal los labios, de manera torpe.
Juntó sus piernas en la silla y suspiró, agotada.
Sentía toda la noche en sus manos. Y estaba llorando su borrachera.
Quería beber de a sorbos cortos todos esos licores. Lloraba riendo, todojunto.
Un sorbo de todos esos licores juntos.
Cinco, seis, siete pintas: y la madrugada que oía a truenos.
Sentada con los pies fríos colgándole sobre la barra del bar, quería beber olvidando ese delirante envío postal, olvidar –así también- el día y todas las circunstancias con que el destino los cruzó, olvidar cómo llegó a su vida y con qué fuerza ahora la hacía estar en ese estado: ebria lluviosa pelotuda enamorada perfectamente incompleta.
Dibujó una sirena con tizas de colores en la pizarra junto a la caja, y se fue zigzagueando de aquel lugar.
Buscaba caramelos mojados en su tapado y no los encontró.
Buscaba servilletas con poemas desteñidos y los evaporó.
El resto de la noche lo tenía para pensar por cuál de todos los hombres de su vida estaba embriagándose así de amor y qué estrategia elaboraría para esas 11 letras que siguen a la C.
Siete pintas es mentira.
ResponderEliminarY once letras demasiado.