Los seis permanecimos junto a la puerta blanca del conurbano, nada.n.dolo.
29.10.12
21.10.12
No, querido mío, eso es todo. No pienso regresar. Devuelve, pues, los libros, la lámpara y la mesa (¡cuidado, todavía hay encima una taza de café!) a la casa. Regresa a tu hogar materno. Y olvídame. Y, por favor, déjame literariamente en paz. No quiero convertirme en objeto de tu novela, ni siquiera de un cuento o relato. Para ser sincera, incluso me disgustaría un poemita, porque intuyo que, desgraciadamente, también se trataría solo de un poema de amor. No tienes ni idea. Ustedes, los intelectuales, son todos iguales. Cuando les hables de mi a tus amigos (supongo que lo harás con profusión), no vuelvas a llamarme tu sirena. Por mucho que bebas, no te convertirás nunca en aquel joven que se habría arriesgado sencillamente a arrojarse de cabeza al agua. No soy la amada adecuada para hombres con ideas románticas. Prefiero regresar de nuevo mar adentro, allí donde, como tú dices, "me rodean los tiburones que me hacen la corte". Sí, querido mío, deslizarse veloz entre dos olas, eso sí que es divertido. Seguro que las mujeres de tu tierra firme compartirán mis sentimientos. Pregúntaselo.
Wolf Wondratsch.
12.10.12
La muy turra dejó manchas espesas de sangre goteando sobre la cama, en el acolchado nuevo, por encima de la pila de libros, entre las fotos de la pared y salió afuera sin volver a mirar mi cuerpo que yacía sin vida y sin un antebrazo, borracho y abandonado.
-¡Vibora!
Gritó. Abrió la puerta de metal y salió afuera. Se sentó en la escalera. El día quemaba justo entre sus los ojos. El perro le olió la ropa inquieto. Ella miro hacia el cielo donde no había nubes (también las había matado a todas).
De a poco fue volviendo en sí, a respirar profundo.
Me mató de un solo golpe y quedó heredera de todas mis cosas. Las quemó esa misma tarde, ya me lo había avisado... y ella sí que nunca faltaba a su palabra.
-¡Vibora!
Gritó. Abrió la puerta de metal y salió afuera. Se sentó en la escalera. El día quemaba justo entre sus los ojos. El perro le olió la ropa inquieto. Ella miro hacia el cielo donde no había nubes (también las había matado a todas).
De a poco fue volviendo en sí, a respirar profundo.
Me mató de un solo golpe y quedó heredera de todas mis cosas. Las quemó esa misma tarde, ya me lo había avisado... y ella sí que nunca faltaba a su palabra.
7.10.12
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