29.11.12



Discutimos todo el atardecer
la casa olía a legumbres 
nosotros no cenamos 
nos quedamos sin apetito 
antes de tiempo 
esa noche 


saqué a pasear a mi fantasma 
por los alrededores vacíos 
en la Plaza de Mayo
la ciudad estaba sucia 

y friolenta

vos te quedaste en la oscuridad 
comiendo pan con mantequilla y mermelada
esa 
que manchó el piso y lo marcó

de duraznos chinos
conservando tu gusto especial
y el de
nuestras constelaciones lunares
hasta el día en que fuimos, otra vez,
un sólo cielito.




17.11.12

Un par de piernas des-habitualmente desnudas por la escalera que sube a mi terraza. Una pollerita azul con manchitas en blanco. Blanco de luna. Una radio con soda stereo de fondo, (¿qué año será?), el perro que salta porque conoce que ustedes siempre jugaban a la vida allá arriba, no se, no lo se, todo eso, quizá el tiempo, la abuela o ese veintitrés sin fotos, pero más que nada: todo lo que vino después.


4.11.12


Estábamos juntos.
Desbordados, atónitos, desnudos y sudando.
Mirábamos como se incendiaba la llanura, mientras el viento nos empujaba hacia adelante invitándonos a pasear una vez más por el último y más idílico de nuestros paraísos. 

Tu desbocada boca me susurró una locura al oído. Devota, acepté y pedí un deseo con los ojos cerrados. La lluvia ácida empezó a llegar encima nuestro. Más atrás, los duraznos caían, muertos y fogosos... los oí mientras cogíamos en ese refugio que habías encontrado, y donde recostándome despacito, me enseñaste las constelaciones que desdibujarían al fuego y, también, a nosotros mismos.
Yo me sentí diminuta y sola: vos te habías convertido en fotografía. 
Armé nuestros fragmentos y les coloqué la inicial de mi nombre encima.
Iban a ser míos hasta que vuelvas a revolucionarme con tus ojos, mirándome fijo y sincero o de ninguna otra manera.