La casa me envuelve en su aroma desde que ingreso por la puerta principal, que a juzgar por su aspecto de abandono, de principal le queda muy poco. Para llegar con rapidez al sitio donde nos comunicamos atravieso un pasillo de medianeras bajas y verdes descascaradas, subo una escalera a la que le faltan trece escalones (yo no soy supersticiosa), agacho la cabeza sobre el tendedero de ropa que estando de pie me toca las costillas y con los ojos cerrados consigo entrar en el espacio que busco. Hay otra manera de llegar al refugio sagrado santo secreto pero así es la que yo elegí. Todo está quemando alrededor y la pileta en la esquina de allá se inunda otra vez estando vacía. El calor sale del piso y me está adormeciendo primero un brazo, luego el otro. Una marea de hipnotismo baja desde mi sien deteniéndose en mi cuello hasta golpear por completo mis extremidades. Conozco lo que vendrá. El cosquilleo previo a la iniciación, el sudor, la cabeza que se abre en todas partes. Fragmentos, recortes y direcciones son los tres puntos de interés. Mi cuerpo abandona su resistencia natural, su condición racional y el pequeño hueco de gravedad que me queda. La cabeza cae hacia el pecho y pesa: es necesario que también me conecte con el corazón, de otra manera no voy a poder hacerlo.
Su teléfono se encuentra habilitado únicamente para llamadas de emergencias. Dice la pantalla.
Intento de nuevo y marco el número, pero yo se muy bien que insistir no es parte del acuerdo. Estoy rompiendo las reglas. Llamada de emergencia. Putas comunicaciones. ÉL no atiende y tengo que apurarme (me queda 1 minuto 35 segundos). Relajo la parte posterior de mis lumbares, trago la saliva espesa que tengo acumulada abajo de la lengua, llevo las manos al centro de mi cuerpo soltando el teléfono y así logro ingresar, para verlo a Diego sonreír desde lejos, sereno y fugaz, como sonríe únicamente cuando sabe que tengo algo noble para entregarle en completo silencio y amor.
Su teléfono se encuentra habilitado únicamente para llamadas de emergencias. Dice la pantalla.
Intento de nuevo y marco el número, pero yo se muy bien que insistir no es parte del acuerdo. Estoy rompiendo las reglas. Llamada de emergencia. Putas comunicaciones. ÉL no atiende y tengo que apurarme (me queda 1 minuto 35 segundos). Relajo la parte posterior de mis lumbares, trago la saliva espesa que tengo acumulada abajo de la lengua, llevo las manos al centro de mi cuerpo soltando el teléfono y así logro ingresar, para verlo a Diego sonreír desde lejos, sereno y fugaz, como sonríe únicamente cuando sabe que tengo algo noble para entregarle en completo silencio y amor.







