No me riegues tanto, suelo crecer sin agua.
31.7.12
30.7.12
yo
despierto
predico la absurda técnica de la irresolución
inmóvil
en voz muy baja
te revelo
que el mundo es una graciosa mentira inventada por el
buen humor de los mártires.
Aldo Pellegrini.
26.7.12
Me vestí de primavera y estoy lista.
No demores mucho en llegar porque te estoy esperando.
Entrá en puntas de pie y buscame junto a las flores.
Procurá conservar el silencio, no finjas, no cierres el balcón, no te disfraces.
Tengo un mapa en la guantera y una valija llena de fuego.
El resto caerá sobre nosotros en forma de fina lluvia de jengibre.
No demores mucho en llegar porque te estoy esperando.
Entrá en puntas de pie y buscame junto a las flores.
Procurá conservar el silencio, no finjas, no cierres el balcón, no te disfraces.
Tengo un mapa en la guantera y una valija llena de fuego.
El resto caerá sobre nosotros en forma de fina lluvia de jengibre.
13.7.12
Llevaba
cuarenta minutos deambulando con las piernas dormidas cuando por fin vislumbré la
puerta con el cartel y la excéntrica palabra que me habían indicado: rombo.
Enciendo mi linterna y empujo sobre la entrada del pasillo donde se calma
siempre toda mi ansiedad. Desde acá veo un cuerpo a unos metros de distancia: oscuro
y empapado, sentado de cuclillas con la columna vertebral adherida
pegajosamente junto a la pared. No distingo el sexo ni la edad, pero huelo
alrededor una mezcla de transpiración, riachuelo y semen.
Hay una gata negra dando vueltas. Siento su presencia sobre mis pies acurrucada y maullando. La alzo, le beso el pelaje, susurro para las dos.
Tranquila negrita, tranquila.
Vuelvo a mirar al cuerpo y camino hacia él con la gata en brazos hasta que lo choco con mis rodillas. Tanteo con cuidado la pared que tengo adelante. Me siento en el suelo en posición de indio frente al cuerpo. Ilumino directo a sus ojos con la linterna. Los siento marinos. Las pupilas se reducen apresuradamente, yo las beso por pequeñas y por inofensivas.
No tengas miedo, por favor. Le digo.
Acaricio el cuerpo del otro con mi frente, intento reconocerlo desde su acostumbrada ausencia que vuelve la tarea mucho más difícil. Alumbrando sobre su rostro puedo ver que tiene una máscara plástica recreando de mala manera un animal salvaje o quizás una criatura del inframundo. Recorro con mi índice la máscara. La levanto y toco sus dientes, paso por ellos la yema de mis dedos llevándome toda su saliva y la pruebo en mi boca.
Sabe a llanto.
Abro sus mandíbulas y tomo la lengua entre mis dedos.
¡Momento!
Un sollozo sale desde adentro. Un timbre de voz que me es familiar inunda el pasillo con un lamento. A oscuras mi memoria comienza a habitar ese otro cuerpo.
Te conozco.
Entonces vuelvo con mi linterna al lugar donde mejor se encuentran las personas: los ojos.
Te reconozco.
Desciendo la conciencia a mis pies. Entiendo así el mensaje, la puerta y el rombo.
Llegué hasta acá para despedirlo, despedirlo de los dos y sin hacerle daño.
Entonces devuelvo a la negra a sus brazos. Donde siempre debería haber estado. Cuido del hermoso silencio con que entré al pasillo. Lo imito. Recorro su aura. Estoy mirándolo. Me siento débil. ¿Cuánto tiempo llevo sin comer ni tomar agua? Un mal pulso hace caer mi linterna que rueda y estalla. Sobrevivimos meses a oscuras hasta que nos morimos de un susto.
Detrás de la puerta con el rombo espera el día luminoso, por fin consigo decirle adiós con mi corazón adentro de una cajita dinamitada pero que para siempre conservará el azul fosforescente de sus ojos en el amor.
Hay una gata negra dando vueltas. Siento su presencia sobre mis pies acurrucada y maullando. La alzo, le beso el pelaje, susurro para las dos.
Tranquila negrita, tranquila.
Vuelvo a mirar al cuerpo y camino hacia él con la gata en brazos hasta que lo choco con mis rodillas. Tanteo con cuidado la pared que tengo adelante. Me siento en el suelo en posición de indio frente al cuerpo. Ilumino directo a sus ojos con la linterna. Los siento marinos. Las pupilas se reducen apresuradamente, yo las beso por pequeñas y por inofensivas.
No tengas miedo, por favor. Le digo.
Acaricio el cuerpo del otro con mi frente, intento reconocerlo desde su acostumbrada ausencia que vuelve la tarea mucho más difícil. Alumbrando sobre su rostro puedo ver que tiene una máscara plástica recreando de mala manera un animal salvaje o quizás una criatura del inframundo. Recorro con mi índice la máscara. La levanto y toco sus dientes, paso por ellos la yema de mis dedos llevándome toda su saliva y la pruebo en mi boca.
Sabe a llanto.
Abro sus mandíbulas y tomo la lengua entre mis dedos.
¡Momento!
Un sollozo sale desde adentro. Un timbre de voz que me es familiar inunda el pasillo con un lamento. A oscuras mi memoria comienza a habitar ese otro cuerpo.
Te conozco.
Entonces vuelvo con mi linterna al lugar donde mejor se encuentran las personas: los ojos.
Te reconozco.
Desciendo la conciencia a mis pies. Entiendo así el mensaje, la puerta y el rombo.
Llegué hasta acá para despedirlo, despedirlo de los dos y sin hacerle daño.
Entonces devuelvo a la negra a sus brazos. Donde siempre debería haber estado. Cuido del hermoso silencio con que entré al pasillo. Lo imito. Recorro su aura. Estoy mirándolo. Me siento débil. ¿Cuánto tiempo llevo sin comer ni tomar agua? Un mal pulso hace caer mi linterna que rueda y estalla. Sobrevivimos meses a oscuras hasta que nos morimos de un susto.
Detrás de la puerta con el rombo espera el día luminoso, por fin consigo decirle adiós con mi corazón adentro de una cajita dinamitada pero que para siempre conservará el azul fosforescente de sus ojos en el amor.
11.7.12
8.7.12
Te voy a pintar el pasillo, un balcón de la casa, la bandeja del desayuno, el asado del domingo, te voy a pintar de colores las manos para que toques, el corazón para que escribas, la lengua para que me roces, te voy a pintar donde más te guste y hasta cuando me digas que estás cansado:
yo te voy a colorear la vida.
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