Son las cinco de la mañana. Te veo en sueños, colorada, en llamas. Estás en tu casa, o en la que creo que es tu casa. La luz entra por la ventana y es deliciosa. Tomamos alcohol y vemos una película, o tomamos café y nos recostamos sobre el piso, quizá las dos cosas, porqué no. Me despierto y bajo a la heladera. Tomo de una botella el agua del vino frio, me la tomo toda, con la puerta abierta y el piso sucio debajo de las medias pero con un calor ardiente que me recorre entera, hipoglucemiando entre los 45 mg/dL, transcribo el sueño en mi pequeña libreta encanta del terror que me produce que me gustes tanto, tan recurrentemente imposible, en mis últimos sueños.