27.8.12



Las cáscaras de dos naranjas en trocitos. Una pizca de azúcar. Esperar al primer hervor tostando pan sobre el hornito. Medio limón con su pulpa. Tapar. Esperar al segundo hervor. Marea de sensaciones. Verter más agua perfumándolo todo. Exprimir sobre mi mano el último limón. Revolver y luego colar en un frasquito pequeño y con tapa. Sobre el amarillo incluir el ralladito de un pequeño jengibre, ese el chiquitito está bien, ¿cuánto le debo?, yo haré que el amor té baje la fiebre.

21.8.12


Viajábamos juntas y anochecidas, 
llovía,
la oscuridad entraba a escondidas por el vagón,
encendí mi linterna y miré a través del marco de la ventana:
un bosque frondoso se dibujaba solito afuera.
Cerré los ojos 
entre tanto ruido
buscando descansar,
ella se mantuvo despierta
guardiana de los tesoros
que las sierras olvidaron en nuestra mochila.


20.8.12



Y rato después, cuando las luces de la ciudad se perdían hacia atrás y el tren se desplazaba hacia el oscuro corazón de la tierra, ellos se adormilaban en la molicie trepidante, monótona y tibia del vagón. Los dos viajeros ya para siempre juntos, sentados a la par y apoyados en la duermevela que precede al sueño, pensaban que la vida, sus vidas, habían partido de la inmensidad perdida, que el potente misterio de los sucesos y de los instantes transcurridos había pasado cerca de ellos y la luz mágica del tiempo los había alumbrado, y que, como todos los hombres, habían sido seres errantes, exiliados sobre la tierra, y que como todos carecían de hogar, y que dondequiera que las poderosas ruedas los llevaran, allí tendrían su hogar.
Después alcanzaron los oscuros valles, en vísperas de la llegada. Pero antes hay una parada para re-abastecerse de agua en una estación de empalme. Giovanni desciende para desaletargar las piernas y mira y piensa a qué distancias lo ha llevado la vida. Después vuelve al tren a desplazarse sobre su largo derrotero, y una y otra vez las estaciones se suceden sin que los viajeros logren retener sus nombres a poco que desaparecen en la marcha, y él, y ella, tal vez, piensa en el pueblecito remoto y escondido del cual ellos vienen, los rostros de sus parientes y amigos, las voces familiares, las sombras de las cosas que conocían, que parecen ya lejanos y extraños como los sueños olvidados, como un extraño y amargo milagro de la vida. Su pueblo, del cual más adelante solo recordarán su nombre y unas sombras equívocas. Ahora, piensa, toda su vida le parece más extraña incluso que el letargo del tiempo, y mientras tanto, el tren avanza a lo largo de este país nuevo, arrastrando su monotonía, que es el sonido del silencio y el sonido de lo eterno, en este tren y en las distancias vacías y los centenares de pueblos que duermen sobre la tierra.

por Héctor Tizón.


18.8.12


Para el que mira sin ver, la tiesha es tiesha nomás.
Atahualpa Yupanqui.



5.8.12

-no, no vengas de sorpresa por favor de sorpresa no.
Silencio. 


Taché la puta dirección en el papel.

Permanecí en la ducha hasta que todo el cuerpo se me puso colorado.
Con el dedo índice dibujé la palabra monstruo sobre los azulejos que chorreaban.