4.11.12


Estábamos juntos.
Desbordados, atónitos, desnudos y sudando.
Mirábamos como se incendiaba la llanura, mientras el viento nos empujaba hacia adelante invitándonos a pasear una vez más por el último y más idílico de nuestros paraísos. 

Tu desbocada boca me susurró una locura al oído. Devota, acepté y pedí un deseo con los ojos cerrados. La lluvia ácida empezó a llegar encima nuestro. Más atrás, los duraznos caían, muertos y fogosos... los oí mientras cogíamos en ese refugio que habías encontrado, y donde recostándome despacito, me enseñaste las constelaciones que desdibujarían al fuego y, también, a nosotros mismos.
Yo me sentí diminuta y sola: vos te habías convertido en fotografía. 
Armé nuestros fragmentos y les coloqué la inicial de mi nombre encima.
Iban a ser míos hasta que vuelvas a revolucionarme con tus ojos, mirándome fijo y sincero o de ninguna otra manera.